Saltar al contenido
Home » Blog » Asturias en invierno: planes que funcionan con frío, lluvia o nieve

Asturias en invierno: planes que funcionan con frío, lluvia o nieve

    Asturias en invierno es sinónimo de montañas que se coronan de blanco, niebla que se descuelga por los valles, pueblos bajan el volumen y una costa que ruge con una fuerza que en verano no se atreve a enseñar. Es una estación que no pide prisa, pide ojos atentos.

    Así que si vienes a Asturias en invierno, no vienes “a pesar del clima”: vienes a verlo trabajar. Por eso, aquí tienes una guía completa —y diferente— con planes que funcionan de verdad haga lo que haga el cielo.

    ASTURIAS EN INVIERNO_

    Rutas que brillan en Asturias en invierno

    El invierno asturiano no apaga el paisaje, lo afina. La luz baja suaviza las formas del paisaje, la humedad enciende los verdes y la nieve transforma montañas que creías conocer.

    Hay rutas que, en esta estación, se vuelven más hermosas que nunca; y otras que requieren experiencia o esperar al día adecuado.

    Aquí tienes una selección honesta: caminos que merecen hacerse en invierno y otros que conviene valorar con calma.

    La Garganta Divina en invierno no es la postal conocida: es un desfiladero más crudo, más silencioso, más íntimo. Pero también más delicado.

    Si el día acompaña, la experiencia es indescriptible: las paredes del desfiladero rezuman humedad, el río Cares baja con un sonido más grave y la ruta entera parece de un color distinto.

    Consejo: Si vuelves a Poncebos con tiempo, sube a Bulnes. En invierno parece un decorado detenido: humo en chimeneas, silencio y casas de piedra bajo la montaña. Sube por el Canal del Texu si el firme está seco o toma el funicular si el clima lo permite.

    Pocos paisajes cambian tanto en Asturias en invierno como los Lagos.
    La nieve en las cumbres, el aire frío, la luz baja del mediodía… es un escenario que en verano simplemente no existe.

    A tener en cuenta: la carretera puede cerrar por hielo y nieve; evita subir con niebla densa, ya que no verás nada; y en días claros, el Mirador de la Princesa y Entrelagos son una parada interesante.

    LAGOS COVADONGA NEVADO

    Muniellos en invierno no es un bosque: es un mundo aparte.
    Robles enormes, ríos crecidos, barro, sombras profundas y un silencio que no se encuentra ya en casi ningún sitio.

    Detalles importantes: es obligatorio reserva previamente (20 personas/día); es una ruta circular exigente, pero hay alternativas más suaves desde Tablizas; el invierno realza la sensación de estar en un bosque ancestral.

    No todos los días de invierno son para subir a un mirador o caminar entre nieve. A veces llueve a ratos, otras el cielo amenaza pero no decide… y ahí es donde entran estas rutas: senderos cómodos, en valles protegidos, con menor riesgos y con paisajes que siguen mereciendo la pena incluso en jornadas grises.

    Son perfectas para estirar las piernas, disfrutar de la naturaleza y no renunciar a pasar un gran día.

    Tramos de la Senda del Oso a pie

    La Senda del Oso no es solo para bici: caminando tiene un encanto distinto.
    Puedes hacer tramos cortos como Entrago–Caranga, Villanueva–Buyera o Proaza-Buyera, todos muy sencillos, casi llanos y con un paisaje que en invierno se pone intenso: ríos crecidos, paredes de roca brillantes y ese verde húmedo que parece recién pintado. Ideal para familias o para días en los que el cuerpo no pide una ruta larga. En las webs de los ayuntamientos de la Senda del Oso encontrarás toda la información para organizar el transporte y moverte por la ruta.

    Foces del Pino

    Un desfiladero estrecho y precioso, perfecto cuando quieres naturaleza pero sin subir grandes desniveles. El invierno realza el sonido del río, las paredes sujetan la humedad en forma de gotas brillantes y el camino, aunque pedregoso en algún punto, suele ser accesible si no ha llovido en exceso.
    Buen plan para quienes quieren paisaje “de montaña” sin riesgos.

    Ruta del Alba, si el caudal lo permite…

    A medida que te adentras en este valle, el río se convierte en protagonista absoluto. En invierno, con el caudal alto pero controlado, el camino es espectacular: pasarelas de madera, cascadas vivas y un bosque que parece más verde que en verano.


    El plan más original: el descenso en bici de la Senda del Oso

    El invierno no cancela la Senda del Oso, solo le cambia el guion.
    El valle se vuelve más silencioso; los túneles respiran humedad; los árboles se quedan casi desnudos, dejando ver laderas enteras que en verano quedan ocultas y el río baja con ese sonido grave que solo tiene en los meses fríos.
    Y cuando te subes a la bici y empiezas a rodar cuesta abajo, entiendes por qué esta actividad sigue siendo una joya incluso en diciembre.

    Ahora bien, hay un “pequeño” detalle: el frío es real. Si vienes preparado, lo disfrutarás. Si no… bueno, serás tú pedaleando con los dientes tintineando como si fueran castañuelas. Y es una pena, porque la experiencia es única.

    senda del oso en invierno

    Normalmente, la actividad está disponible hasta finales de año.
    A partir de ahí, la empresa que organiza la actividad se toma un merecido descanso: enero y febrero cierran para preparar toda la temporada siguiente.

    La actividad vuelve a funcionar con ganas y bicis listas en marzo, justo cuando el valle empieza a despertar otra vez. Así que si quieres vivir la Senda del Oso en versión invierno auténtico, diciembre suele ser tu última llamada.

    Aquí no vale eso de “me pongo una sudadera y tiro”. El valle en invierno es precioso, pero puede hacer mucho frío, sobre todo en los tramos más sombríos y húmedos.

    Esta es la lista de lo que debes traer, sin excepción, para poder disfrutar de la experiencia: camiseta térmica, pantalón de invierno, botas o calzado fuerte, guantes (sí o sí), bufanda o braga, gorro sin pompón (si quieres usar casco) e impermeable si hay previsión de lluvia.

    Vamos, el kit completo.

    Ahora bien, si vas bien abrigado, el descenso se disfruta muchísimo: ese frío limpio en la cara, el olor a tierra mojada, la bici rodando suave… un planazo.
    Si no vienes preparado… acabarás contando los metros que faltan para llegar al final.

    Realmente, este consejo es aplicable para cualquier actividad que hagas en Asturias en invierno al aire libre:

    Llevar ropa seca en el coche para cambiarte al terminar la actividad es uno de esos pequeños gestos que evitan catarros, enfados, y el famoso “te lo dije”.
    Ponte ropa seca, entra en calor y el día sigue perfecto.

    En temporada baja todo es más tranquilo, sí, pero también más variable.
    Por eso reservar antes es clave. De esta forma, te aseguras que haya personal para atenderte, ya que si no hay reservas previas, puede que el local esté cerrado ese día. Y además, tienes un descuento exclusivo reservando online:
    👉 sendadelosoexperience.com/reservas

    Así te quitas sorpresas y empiezas la experiencia sabiendo que todo está preparado para ti.

    En resumen, el descenso en bici de la Senda del Oso en invierno es una experiencia distinta: más auténtica, más tranquila y con un paisaje que solo existe en esta época del año. Solo requiere una cosa: venir bien abrigado.

    El resto —bicis, recogida y logística— lo pone Senda del Oso Experience. Y si encima reservas online y te ahorras dinero… pues mejor todavía.


    Qué hacer en Oviedo, Gijón y Avilés cuando el tiempo no acompaña

    Cuando el cielo se pone gris, las ciudades asturianas no se esconden. Calles con luces suaves, cafés que invitan a entrar, museos a buen resguardo y paseos cortos que se disfrutan incluso con nubes.

    Oviedo, Gijón y Avilés tienen esa capacidad de hacerte sentir dentro, a salvo, sin renunciar a lo bueno del viaje.

    Aquí tienes lo imprescindible para cada una de estas ciudades cuando el clima no acompaña mucho a hacer cosas al aire libre.

    Empieza por el casco antiguo: calles estrechas y agradables para pasear esquivando gotas. No dejes de visitar El Fontán, Trascorrales y Cimadevilla. Este Free Tour puede ser un gran plan.

    Acércate también a conocer las joyas del prerrománico asturiano: a Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. Aunque están al aire libre, la visita es corta, fácil y merece la pena incluso con cielo gris.

    La Catedral de Oviedo, con su Cámara Santa —Patrimonio de la Humanidad— es uno de esos lugares donde apetece entrar cuando hace frío: espacios amplios, silencio acogedor y una historia que se nota en cada piedra.

    Para los más deportistas y amantes del motor, visitar el Museo de Fernando Alonso es muy recomendable.

    Y si el tiempo se complica de verdad, una de las primeras paradas puede ser el Museo de Bellas Artes de Asturias: enorme, gratuito y mucho más interesante de lo que uno espera si entra solo para escapar de la lluvia. Es un lugar perfecto para ir sin prisa, dejarse llevar y salir con la sensación de haber aprovechado la tarde.

    Muy cerca, el Museo Arqueológico propone otro tipo de refugio: un recorrido tranquilo, claro y muy visual por la historia asturiana. Es el típico museo que no intimida, que se recorre bien y que se agradece especialmente cuando fuera el paraguas ya ha pedido la jubilación.

    Y cuando el cuerpo empieza a pedir calor, la solución está a un paseo: la Calle Gascona. Sus sidrerías humeantes son casi un ritual en los días de lluvia.

    Y si la lluvia no es lluvia, sino un auténtico chaparrón de esos que limpian Asturias de una sola pasada, Oviedo tiene dos refugios muy prácticos.
    Una opción es resguardarte en alguno de sus centros comerciales: en Parque Principado, a las afueras, enorme y con una amplia oferta para pasar horas sin mirar al cielo; o Salesas, en pleno centro, más pequeño pero muy a mano si no quieres alejarte. Ambos tienen parking subterráneo, así que llegas seco desde el coche.

    La otra alternativa está casi al lado de la Calle Gascona: el Bulevar El Vasco. Es un espacio cubierto donde puedes tomarte algo o cenar sin preocuparte de cómo la lluvia te da la vuelta al paraguas. Es cómodo, tiene ambiente, y también cuenta con su propio aparcamiento justo debajo.

    Cuando Oviedo se pone a llover “muy mucho”, estas opciones te salvan la tarde sin renunciar a disfrutar.

    Cuando Gijón amanece gris o el Cantábrico decide que hoy toca darle carácter al paseo marítimo, la ciudad responde con sus propios refugios. Uno de los más agradables es el Acuario de Gijón: grande, tranquilo y con ese punto hipnótico que tienen los planes bajo techo cuando el mar ruge fuera. Es fácil perder la noción del tiempo entre peces, pasillos y cristales empañados.

    Si te apetece algo más urbano, el Museo del Ferrocarril es un acierto. No hace falta ser fan de los trenes para disfrutarlo: es espacioso, curioso, y tiene esa mezcla de historia y nostalgia que acompaña bien en días húmedos. Muy cerca, la Laboral Ciudad de la Cultura se presenta como otra gran opción. Aunque una parte de la visita es descubierta, es un edificio monumental por dentro y por fuera, con exposiciones, talleres y rincones enormes donde la lluvia sencillamente no llega.

    Y si el cielo se pone a llover de verdad, con ese ímpetu que parece venir de todos lados a la vez, hay un plan que funciona siempre. Acercarte a Los Fresnos, el centro comercial más cómodo para refugiarse dentro de la ciudad: tiendas, cafés, ambiente y, por supuesto, parking subterráneo para evitar la ducha involuntaria al llegar.

    Cuando Avilés se tapa con nubes bajas, puedes pasear por su casco histórico porticado, que ofrece bastante refugio bajo los soportales sin mojarte demasiado, asomarte a sus plazas tranquilas y entrar en alguna tienda o cafetería sin necesidad de abrir el paraguas cada dos pasos.

    Si buscas un plan bajo techo con mayúsculas, el Centro Niemeyer es la respuesta fácil. Su arquitectura ya merece la visita, pero lo mejor está dentro: exposiciones, cine, teatro… todo a cubierto, amplio y con esa calma luminosa que el edificio transmite incluso en días oscuros.

    Para algo más breve pero muy agradable, el Museo de la Historia Urbana funciona muy bien. Se ve en un rato, es claro, está bien montado y te da ese descanso perfecto entre paseo y café. Y ya que hablamos de cafés, Avilés tiene varios repartidos por las calles del centro que en días fríos saben a gloria.

    Y si la lluvia se pone seria, el Centro Comercial El Atrio, con tiendas y cafés, es el refugio rápido y céntrico, fácil de combinar con un paseo por el casco histórico. Parking subterráneo, llegada seca y sin complicaciones.


    Costa invernal: dos pueblos que se transforman con el frío

    La costa asturiana tiene un talento particular en invierno: cuando el aire se enfría y las olas crecen, los pueblos marineros se quitan el maquillaje de postal y enseñan su carácter real. Nada de multitudes, nada de prisas… solo mar, luz baja y un silencio que deja escuchar hasta el rumor del puerto.

    Cudillero en invierno no tiene nada que ver con el de verano: es otro pueblo, con otro ritmo. Sin el bullicio, sin los colores saturados por el sol, se convierte en un puerto auténtico, casi íntimo. Las casas escalonadas parecen apoyarse unas en otras para protegerse del viento, las calles húmedas huelen a sal y chimenea, y los miradores —siempre codiciados en julio— ahora son para ti solo.

    Y si llueve, paraguas. Basta un paseo corto para ver cómo la bruma juega entre las fachadas. Y si te apetece más mar, a diez minutos está la Playa del Silencio: un anfiteatro natural donde en invierno el Cantábrico no actúa… ruge. Es de esos lugares donde el paisaje no se mira: te envuelve.

    Llanes fuera del verano es una revelación. El pueblo recupera sus formas, su arquitectura, sus silencios. No es el destino de playa, sino un rincón marinero que respira a su propio ritmo.

    El Paseo de San Pedro, cuando sopla viento de verdad, es un espectáculo en sí mismo: un terreno enorme asomado directamente al Cantábrico, con vistas que te cortan la respiración pero te llenan los pulmones.

    Más abajo, los Bufones de Pría viven su mejor temporada. En invierno, cuando el mar empuja fuerte, los chorros de agua pueden alcanzar varios metros y el sonido retumba en el pecho. No hace falta acercarse demasiado para entenderlo; el espectáculo llega claro.

    Y si quieres una imagen que solo existe en esta época, coge chubasquero y ve a Cuevas de Mar cuando la marea esté abaja y tranquila: sin gente, sin ruidos, solo las rocas perforadas, el eco del mar entrando por las cavidades y una luz suave. Es la Asturias marina más cruda, más honesta y más especial.


    Nieve: dónde encontrarla y cómo disfrutarla

    Cuando Asturias se pone blanca, cambia de dimensión.
    Los valles se vuelven silenciosos, las montañas parecen más altas y el aire tiene ese punto cortante que espabila a cualquiera. No siempre nieva —el norte es así, caprichoso— pero cuando cae, se nota. Y si tienes suerte y te pilla aquí, conviene saber dónde buscarla y cómo sacarle partido.

    Para los que quieren nieve “de verdad”, Asturias tiene dos estaciones que funcionan como dos caras del mismo invierno:

    Una es Valgrande-Pajares. La veterana. Pistas largas, ambiente clásico y vistas que merecen una pausa aunque no esquíes. Los días de nieve buena aquí pueden ser gloriosos.

    La otra es Fuentes de Invierno. Más moderna, más cuidada, más compacta. Pistas muy agradables, remontes rápidos y un entorno que en días de sol parece sacado de un anuncio.

    ¿La nieve es variable? Claro. Esto es Asturias. Pero cuando llega… llega a lo grande y hay que estar preparado.

    Perfectas para quienes quieren caminar y sentirse en una expedición polar. Son rutas que combinan terreno amable con paisajes que te dejan boquiabierto.

    Una opción es Fuentes de Invierno. Otra, Somiedo, donde encontrarás valles amplios y montañas espectaculares. En días claros, precioso. San Isidro es muy accesible y ofrece opciones de distintas longitudes. Las Ubiñas–La Mesa es otra joya cuando está blanco, con unas rutas fáciles y otras más difíciles, según lo que pida el cuerpo. Y como no, Picos de Europa. Esta última opción es impresionante, pero mejor ir acompañado por profesionales. Y la experiencia merecerá la pena a cada paso.

    Las raquetas tienen esa magia tranquila: avanzas lento, escuchas crujidos, respiras aire frío… y entiendes por qué hay gente que repite cada año

    El Puerto Ventana es una gran opción. No necesitas saber esquiar ni material especial. Es simplemente llegar, abrir la puerta del coche y sentir cómo cambia el aire: más frío, más limpio, más alto. Se trata del puerto de montaña situado entre el Principado de Asturias y la provincia de León, en la cordillera Cantábrica, a una altitud de 1587 metros.

    Es un lugar perfecto para dejar que los niños correteen sin miedo, improvisar una pista de trineo, hacer cuatro fotos que parecen en otro país o simplemente quedarte quieto mirando al horizonte, que desde aquí siempre parece más lejos.

    Y la accesibilidad es su gran ventaja: si la carretera está abierta —algo que se consulta en un minuto— es ideal para familias y para aquellos que quieran disfrutar de la nieve sin complicaciones.

    asturias en invierno

    Interior para días muy lluviosos: cultura, historia y calor

    Hay días en los que Asturias decide tomárselo en serio y llueve sin tregua. No pasa nada: el plan no se suspende, simplemente se cambia a cubierto. Y ahí es donde brillan esos lugares que, con sol, quizá pasarías por alto.

    Para los días de lluvia seria, una opción muy agradecida es el Parque de la Prehistoria de Teverga, donde puedes adentrarte en el arte paleolítico sin mojarte; si estás por la costa oriental, el MUJA es ese museo capaz de entretener a cualquiera con su temática de dinosaurios. En el centro de Asturias, el MUMI o el Ecomuseo del Valle de Samuño ofrecen una mirada muy distinta. Aquí la minería no se cuenta, se siente y te hace entender buena parte de la historia asturiana sin necesidad de salir al mal tiempo. Y si la lluvia te pilla en Avilés, el Centro Niemeyer es el refugio ideal: arquitectura luminosa, exposiciones siempre interesantes y un ambiente que invita a pasar la tarde dentro sin prisa.

    Son planes distintos entre sí, pero todos cumplen lo mismo: convertir un día de paraguas en un día bien aprovechado

    Cuando fuera cae la mundial y el cielo decide no dar tregua, un spa se convierte en la mejor opción del día. En Oviedo, Las Caldas Villa Termal es la apuesta segura: amplio, cuidado y perfecto para dejar que el cuerpo recupere después de rutas, frío y humedad. Si te mueves por otra zona, Gijón, Avilés, Cangas de Onís o Ribadesella también tienen spas donde el plan es sencillo: entrar tiritando y salir renovado entre vapor, calor y silencio.

    Y si la jornada acaba en una casa rural, con la chimenea encendida y un buen queso asturiano esperando en la mesa… ahí ya no hablamos de refugio, hablamos de final perfecto.


    Consejos prácticos para que todo encaje

    El invierno en Asturias tiene su propio reloj, y conviene seguirle el paso. La luz se va antes, así que mejor empezar las rutas con margen y evitar apurar el día en mitad del monte.

    El clima cambia rápido, a veces en cuestión de minutos, así que un vistazo al parte meteorológico cada mañana te ahorra sustos y te ayuda a elegir bien entre montaña o ciudad.

    Los pies mandan: con botas impermeables y calcetines buenos se camina distinto, más cómodo, más seguro… y sin ese frío que te amarga el plan. Si la previsión habla de nieve o hielo, mejor dejar los puertos de montaña para otra jornada; las carreteras pueden complicarse sin avisar.

    Y, si puedes, viaja con margen para cambiar de idea: aquí los planes flexibles funcionan mucho mejor que los rígidos. Ten un plan B —y si puede ser un plan C— porque a veces el día que empezaba para ruta termina siendo perfecto para un museo, una sidrería o una tarde de spa. Aquí el invierno no rompe los planes: simplemente te invita a adaptarlos.


    Conclusión

    Asturias en invierno no es una versión alternativa: es una versión más honesta, silenciosa, intensa y auténtica.

    Si eliges bien los planes —la Senda del Oso como comodín, rutas seguras, pueblos con mar bravo, ciudades que acogen, museos que protegen— el invierno no será un problema. Será parte de una gran experiencia.